La Semana Santa es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia conmemora el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Es un momento privilegiado para meditar – entre otros temas–– sobre la libertad con la que Jesús asumió su misión y cómo su entrega ilumina la vocación del hombre a la comunión con Dios y con los demás.
Hans Urs von Balthasar, teólogo suizo del siglo XX, desarrolló una teología sobre la libertad de Cristo, vinculándola inseparablemente con su misión salvífica. Para el teólogo, la libertad de Jesús brota del misterio trinitario y se comprende desde su relación con el Padre en el Espíritu. Su existencia terrena es expresión concreta de una obediencia que no se impone desde fuera, sino que emerge como don de amor y reciprocidad. En este dinamismo filial, la libertad de Cristo se despliega como un acto de entrega radical, en el que asume hasta el extremo la condición humana para restaurarla desde dentro. La misión que recibe del Padre está profundamente unida a su identidad, pues en ella se manifiesta plenamente su ser Hijo. Su obediencia posee un carácter creativo, ya que en ella el amor del Padre se revela en su mayor hondura y se hace visible en la historia. En la cruz, esta libertad alcanza su culmen: lejos de anularse a sí mismo, Cristo se entrega por completo, cumpliendo así el designio salvífico y abriendo para la humanidad el camino de la comunión con Dios.
En este sentido, si el hombre es imagen de Dios a la manera de Cristo, podemos entender que la libertad humana no se agota en la mera capacidad de elegir, –lo que comúnmente se conoce como libre albedrío– por el contrario, encuentra su plenitud en la orientación hacia el otro. El ser humano no es un ente cerrado en sí mismo; su ser no es ab-soluto en el sentido de autosuficiente, sino relacional. La teología cristiana nos ayuda a comprender esta realidad desde su distinción entre los conceptos esencia y ser: la esencia del hombre limita su ser a una existencia concreta, pero su ser está llamado a trascender su propia esencia en apertura al otro y, en última instancia, a Dios.
Por otro lado, la historia de la salvación nos revela que el pecado original fue, en concreto, una ruptura de la relacionalidad del hombre con Dios y con los demás. El pecado introduce la soledad existencial, la desconexión del hombre con su verdadera vocación. Por esto, Jesús, al asumir libremente la cruz, restaura esa relación perdida. Su entrega en la cruz no es una derrota, por el contrario, es la manifestación suprema de su libertad: “Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). Esta entrega solo es posible porque su voluntad está perfectamente unida a la del Padre, en una obediencia amorosa que lo lleva a la cruz como expresión suprema del amor redentor. Esto es la auténtica libertad. La libertad que libera, y la que, en última instancia, nos libera de nuestro propio ensimismamiento, para reestablecer nuestra comunión original querida por el Padre.
Por esto, el cristianismo no concibe la salvación como un proceso individualista ni intimista; la fe cristiana es esencialmente comunitaria. Jesús nos enseña que el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo: “Lo que hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40). En este sentido, la libertad del hombre encuentra su sentido en el don de sí mismo, en la entrega que nos configura a imagen de Cristo, por la cual, nos hacemos co-herederos del reino del Padre, y por la cual, seremos llamados salvos.
En la Semana Santa, somos llamados a contemplar la cruz como la máxima expresión de una libertad que no se repliega sobre sí misma. Se trata de una libertad que se expande en un amor sin reservas: ¡hasta el extremo! La cruz es el signo de una libertad que busca la comunión; no la dominación; la entrega total, no la autoafirmación. Y es precisamente en la debilidad y la crudeza de la cruz donde se revela Dios con toda su paradojal grandeza y belleza. Así lo retrató Diego de Velázquez en su magistral obra El Cristo crucificado, y así lo descubrió, casi tres siglos después su coterráneo, Miguel de Unamuno al contemplar su obra, plasmándolo con hondura en los versos de su aclamado poema El Cristo de Velázquez. Así, en la resurrección, la libertad, ¬–de este modo revelada–, alcanza su plenitud. En el acontecimiento de la resurrección, se muestra que la vida verdadera no consiste en replegarse sobre sí, sino en abrirse plenamente al amor compartido, en la eterna comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Por consiguiente, la Semana Santa nos confronta con una pregunta fundamental: ¿cómo ejercemos nuestra libertad? ¿La vivimos como una apertura al otro, como una vocación al amor y a la entrega? Jesús nos muestra que solo en el don de sí mismo el hombre encuentra su verdadera plenitud. Vivir la Semana Santa es dejarnos interpelar por esta verdad y permitir que nuestra libertad sea transformada por el amor redentor de Cristo.
Soledad Aravena
Académica Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía