Cada 8 de marzo el mundo se viste de consignas y conmemoraciones. Se recuerda la legítima lucha de las mujeres por la igualdad y la justicia. Pero más allá de las conmemoraciones, existe un terreno poco explorado: el pensamiento filosófico producido por mujeres, esencial en la elaboración de los argumentos que sostienen la reivindicación femenina.
En la historia de la filosofía, autores como Platón o Kant ocupan los lugares centrales, mientras Sor Juana Inés de la Cruz, Christine de Pizan, Simone Weil o María Zambrano aparecen de manera marginal, pese a la magnitud de su obra. Ellas desafiaron el canon y devolvieron a la filosofía su vocación original: pensar lo humano en su totalidad. Sor Juana defendió el derecho al saber como acto de dignidad frente a la censura. Zambrano, desde el exilio, propuso una “razón poética” que abre el pensamiento a la vida. Estas pensadoras no se limitaron a narrar su exclusión, sino que elaboraron conceptos que cuestionan las ideologías reduccionistas que aún gobiernan el mundo. El economicismo, el racismo y el extremismo político son expresiones de un pensamiento que simplifica la complejidad humana. Frente a ello, la filosofía desarrollada por mujeres ha sido una apuesta por la pluralidad y la alteridad como valores imprescindibles para comprender la riqueza humana.
En el horizonte cultural actual es pertinente destacar la necesidad de una ética profunda orientada al cuidado del ser humano. Por ello, Carol Gilligan discute la ética tradicional centrada en principios abstractos y enseña que la vida se sostiene en relaciones de dependencia. El cuidado, entendido como responsabilidad hacia el otro, reconoce que la vulnerabilidad es compartida. Este principio amplía la noción de racionalidad mostrando que la ética no puede reducirse a cálculos normativos, sino que debe integrar la voz de quienes viven en la fragilidad y la necesidad de vínculos. En tiempos de polarización y mercantilización de la vida, esta perspectiva recuerda que la dignidad humana no se mide en contratos ni estadísticas, sino en la capacidad humana del cuidado. Este aspecto de integración entre razón y vida es oportuno de destacar en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, pues abre un camino para encarar al pensamiento político y ético utilitarista.
Recuperar las voces de las mujeres filósofas no busca simplemente llenar vacíos en los manuales académicos, sino orientar al pensamiento humano en su capacidad de integrar lo diverso y devolver a la razón su vocación de totalidad. Sin la filosofía femenina, el pensamiento corre el riesgo de convertirse en un eco banal; con ella, existe la oportunidad de un mundo más humano, plural y justo. Esa posibilidad se enlaza al legado de las 129 trabajadoras que, el 8 de marzo de 1908, perdieron la vida en un incendio provocado por el dueño de la fábrica donde trabajaban, tras manifestarse en una huelga que exigía mejores condiciones frente a la precariedad. Su sacrificio marcó un hito en la historia de los derechos laborales y simboliza la urgencia de un pensamiento filosófico que denuncie la injusticia y fundamente, desde la voz femenina, un proyecto de dignidad y equidad para toda la humanidad.
Dra. Carolina Lagos Oróstica
Académica Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía