El 4 de octubre de 2025, en la memoria de san Francisco de Asís, el Papa León XIV firmó su primera exhortación apostólica, Dilexi te (“Te he amado”), un texto que prolonga la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia e invita a redescubrir el amor cristiano como fuerza capaz de renovar la vida personal y social. Reafirmando lo mencionado en Rerum Novarum, Fratelli tutti y Dilexit nos, el documento propone una lectura profundamente teológica de la pobreza, no solo material sino también cultural y espiritual, y llama a la Iglesia a situar nuevamente la caridad en el centro de su misión.
Entre los diversos temas que aborda, destaca una reflexión luminosa sobre el vínculo entre la Iglesia y la educación. En el número 68, Dilexi te retoma palabras del Papa Francisco para recordar que “la educación ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana”. Educar —dice el texto— es una misión de amor, porque “no se puede enseñar sin amar”. Desde sus orígenes, la Iglesia comprendió que el saber libera, dignifica y conduce a la verdad; que enseñar es servir, y que todo auténtico conocimiento se orienta al bien común.
León XIV presenta la enseñanza como un acto de justicia y de fe. No es una acción neutral, sino una respuesta al Evangelio: prolongar en la historia la acción de Cristo que enseñaba con palabras y obras. En este horizonte, la educación de los pobres se convierte en una forma concreta de vivir la opción preferencial por los más vulnerables. El Papa recuerda que “no dar a los pobres es robarles”, evocando la tradición patrística que veía en la solidaridad un deber de justicia, no solo de generosidad.
La exhortación evoca figuras como san José de Calasanz y san Juan Bautista de La Salle, testigos de una educación nacida del amor y dirigida a formar integralmente al ser humano. Su legado inspira hoy a las instituciones católicas, llamadas a ofrecer una enseñanza que abarque todas las dimensiones de la persona: técnica, humana, científica y espiritual. Dilexi te propone así una visión de la caridad que trasciende la filantropía para entenderse como expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado. Enseñar es participar en la acción creadora de Dios, transformar el conocimiento en servicio y la ciencia en comunión.
Esta perspectiva desafía a las universidades católicas a no reducir su misión a la transmisión de saberes, sino a formar corazones capaces de amar la verdad y servir al prójimo. En una cultura que valora la eficiencia más que la gratuidad, el Papa propone redescubrir la ternura como categoría educativa: enseñar desde la compasión, acompañar desde la esperanza, mirar al estudiante como alguien que merece ser amado.
La educación, afirma Dilexi te, es una de las formas más altas de servicio. En ella se manifiesta la caridad de un Dios que quiere elevar al ser humano, devolverle su dignidad y abrirle caminos de libertad. Por eso, formar en la verdad y en el amor no es un ideal romántico, sino una tarea profundamente evangélica. Cada aula puede convertirse en un lugar de encuentro con el otro, en un espacio donde la fe se hace cultura y la caridad se hace aprendizaje.
En tiempos de fragmentación y desconfianza, el Papa León XIV nos recuerda que solo el amor educa de verdad. Educar desde la fe es sembrar esperanza, enseñar con la vida, transformar la inteligencia en servicio. Es, en definitiva, hacer de cada gesto pedagógico una prolongación del “te he amado” de Dios que da nombre a toda vocación cristiana.