Cristo no cabe en el trumpismo

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23 de abril de 2026
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Francisco Novoa

El Papa León XIV ha condenado la guerra, ha rechazado las amenazas indiscriminadas contra el pueblo iraní y ha denunciado a quienes usan el nombre de Dios para fines militares, económicos o políticos. Trump, en cambio, respondió atacando al Papa, tratándolo de débil y desastroso en política exterior, como si poner un freno a la devastación fuese una señal de debilidad o inocencia y no una exigencia mínima de humanidad. Ahí ya no estamos ante una simple diferencia en torno a criterios, sino que aparece una fractura mucho más honda entre la lógica del poder y la lógica del Evangelio.

Estar contra Trump no significa estar a favor del régimen iraní, ni de sus abusos, ni de sus fanatismos. Solo un pensamiento infantil necesita dividirlo todo entre bombardeo o sumisión. Cualquiera con un mínimo de lucidez entiende que rechazar la guerra no equivale a bendecir aquello que se combate. Precisamente esa incapacidad para salir del blanco o negro es una de las marcas más groseras del trumpismo. Trump y su séquito no entienden lo que invoca el Papa porque viven de simplificar la realidad hasta volverla un eslogan.

No se trata, entonces, solo de una disputa entre un Papa y un líder político. Lo que aquí queda expuesto es una manera de formación cristiana deformada por la lógica de la militancia, capaz de confundir obediencia partidaria con fidelidad evangélica. Y aquí la figura de Charlie Kirk, a quien muchos intentaron convertir en mártir, no aparece solo como una anécdota, sino como síntoma de un cristianismo mal entendido. El joven Kirk fue, durante años, uno de los rostros más eficaces de la movilización pro-Trump y ayudó a vestir de fervor cristiano un proyecto político sostenido por la agresividad. Tras su muerte, algunos lo elevaron a la categoría de mártir del cristianismo y el cardenal Dolan llegó a presentarlo como un “nuevo San Pablo”. A eso se sumó la revelación de que, pocos días antes, Kirk le habría dicho a un obispo que estaba “así de cerca” de convertirse al catolicismo. Frente a esto, nos podemos preguntar: si de verdad se acercaba a la Iglesia, ¿qué habría hecho ahora al ver a Trump enfrentado abiertamente con un Papa que condena la guerra y la instrumentalización religiosa del poder?

La pregunta incomoda porque deja en evidencia una contradicción demasiado grande para seguir ocultándola. No se puede invocar doctrina social de la Iglesia y, al mismo tiempo, rendirse ante un liderazgo que desprecia toda forma de humanidad que piense distinto a él, ridiculiza al adversario y convierte la amenaza en una forma de gobierno. No se puede hablar de cristianismo mientras se adiestra a jóvenes para confundir fe con militancia ideológica. Cuando eso ocurre, ya no se está formando conciencia cristiana. Se están fabricando operadores ideológicos con vocabulario religioso.

Ese es el punto de fondo, pues Trump no necesita creyentes, sino devotos, y cierta derecha cristiana se los ha dado. De ese modo, ha producido un creyente panfletario, incapaz de distinguir entre fidelidad a Cristo y obediencia a un caudillo. Kirk fue una expresión especialmente visible de ese fracaso, no porque fuera el único, sino porque en él se vio con particular nitidez la degradación de la fe en propaganda. Así, cuando el cristianismo cae en esa lógica, deja de anunciar algo y empieza simplemente a servir al poder.

Francisco Novoa Rojas
Académico Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía