Molière y la Aduana del Pensamiento

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Blog Académico

Un 15 de enero, hace 400 años atrás, en 1622, nacía Molière, el famoso dramaturgo francés, que murió pocas horas después de representar en el teatro El enfermo imaginario. De todas sus obras, nos interesa el último intermedio de esta tragicomedia. En este intermedio burlesco, el hipocondriaco enfermo “imaginario” (término que en la Francia del siglo XVII significaba “loco”) es proclamado como “médico” por una muchedumbre de doctores que declaman unos versos en latín: Dignus est intrare!, “Es digno de entrar” (en nuestra corporación de eruditos médicos).

En esto consiste la tragicomedia: que el pensamiento del sujeto deba pasar por una aduana representada por presupuestos pensamientos superiores (“científicos”) que sancionarían su dignidad declarando: Dignus est intrare! Es decir, Molière condena la pretensión de que existan saberes superiores a la libertad del pensamiento del sujeto (a su ‘principio de placer’, como diría Freud) que, más bien, tiene todo el poder de autorizarse por sí solo en vista de asociarse en la amistad de pensamiento que él estima con-veniente.

Kant había intuido (parcialmente) cómo podía nacer el hombre realmente moderno, ya sea el cristiano como el ajeno a la fe: “La ilustración es la salida del hombre de su auto-culpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio pensamiento, sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad. (…) ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro, un director espiritual, un médico que piensa por mí, etc., entonces no necesito pensar. Por ello, escucho exclamar por doquier: «¡No penséis!» El oficial dice: «¡No pienses, adiéstrate!». El sacerdote dice: «¡No pienses, ten fe!» Pero, el uso público de la razón debe ser siempre libre”. Es la misma tragicomedia que señalaba Alexis de Tocqueville hablando de la democracia: “El poder, en un estado democrático, quiere quitar enteramente a los hombres el trabajo de pensar” (La democracia en América).

Hoy en día se habla tanto de posmodernidad. Pero, habría que preguntarse si ha llegado efectivamente la modernidad, la de un hombre, de un individuo-sujeto capaz de no pasar por la aduana de un pensamiento superior (es decir, de una epistemología) ajena a él y a la cual estar sumiso.

Esto vale tanto en el ámbito cristiano como afuera de este. En este sentido, cada cristiano debería recordar lo que escribe el Concilio Vaticano II cuando afirma que hasta “el último de los fieles laicos”, el Espíritu de Cristo mediante, “no puede equivocarse cuando cree” (Lumen Gentium n. 12). A imitación de Cristo y de María (al momento de la Anunciación), quienes, para pensar, no han pedido permiso y autorización a la aduana de unos supuestos saberes superiores.