Flaubert y los “místicos”

Publicado por el

Blog Académico

Doscientos años atrás, el 12 de diciembre de 1821, nacía Gustave Flaubert, autor de Madame Bovary, cuya publicación causó un proceso civil contra él.

En esta obra Flaubert muestra el origen de la tragicomedia de Emma Bovary: la lectura de novelas de amor para huir del aburrimiento de su matrimonio. A partir de esta lectura, Emma Bovary voulut se donner de l’amour, decide “crearse el amor” (I parte, cap. VII), amar el amor. En este sentido, Emma es la heroína del enamoramiento, o sea, del “perder la cabeza-pensamiento”, lo que Flaubert define como “un afecto idiota” (II parte, cap. XII). Por lo mismo, Emma es la figura de la mística fideista, irracional, mesiánica: “Creía que el amor debía llegar de repente, con grandes resplandores y fulguraciones, huracán de los cielos que cae sobre la vida y la trastorna, arrancando las voluntades como hojas” (II parte, cap. IV). En fin, es el deseo ansiolítico de un gran amor pre-supuesto que la haga sumisa por medio del auto-sacrificio del propio pensamiento: “Soy tu esclava”, dice Emma ((II parte, cap. XII).

Históricamente, y a menudo, los mismos cristianos han tenido la misma patología de Madame Bovary. Lo demuestra San Agustín cuando escribe: “Todavía no amaba a nadie, pero amaba el amar. (…) Buscaba qué amar amando el amar. (…) Finalmente caí en el amor en que deseaba ser atrapado” (Confesiones III, 1, 1). Esta frase – ser atrapados, sucumbir y ser sumisos a un Amor divino pre-supuesto, inexistente, con su saber-poder ontológico superior y, por ello, inimputable por parte del hombre – es la precursora del misticismo fideísta y barroco que bien describe Michel de Certau, misticismo que aún no ha terminado en el ámbito cristiano: “La mística de 1600 se desarrolla alrededor de una pérdida. El hombre está enfermo de una ausencia. El Uno ya no está. «Se lo han llevado», dicen numerosos escritores místicos. Si ya no es un viviente, es un muerto que no deja en paz la civitas que se constituye sin Él. Es sólo alguien que obsesiona a nuestra sociedad” (La fábula mística. Siglos XVI-XVII).

Para salir de esta obsesión, así como enseñaba Dietrich Bonhoeffer en las páginas finales de Resistencia y sumisión, habría que terminar con un “Dios” meramente místico-religioso al que estar sumisos bajo su poder-saber superior. Ya lo había dicho Cristo: “No os llamo ya esclavos porque el esclavo no sabe lo que hace su amo: a vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he hecho conocer” (Juan 15, 15). En este sentido, corrigiéndose, san Agustín escribía acerca de la presencia de Jesús en la amistad y ciudad cívica que él ha fundado: “Cristo es conocido a través de los amigos cristianos” (Comentario al Evangelio de san Juan). Es un método fácil, adecuado para todos, sin ninguna sumisión místico-patológica.