Charles Baudelaire y los Cristianos Modernos

Publicado por el

Blog Académico

En 1821, doscientos años atrás, nacía Charles Baudelaire, uno de los llamados “poetas malditos”, autor de la famosa obra Las flores del mal. En la dedicatoria las define como las “flores enfermizas”, pues están contagiadas por el spleen, por aquel tedio que se tragará la modernidad de un “bostezo infinito”.

Del mismo modo que Arthur Rimbaud, Baudelaire, en Las flores del mal, es testigo de una fe cristiana que ya no dice nada interesante al hombre, pues es una fe que vive de modo intimista en el “confesionario del corazón”, pues el hombre se compara solo con una Eternidad celestial. En esta obra hay un poema titulado La negación de san Pedro que, come escribe en una carta a su madre, es “muy peligroso y por el cual podría ser condenado”. En este poema Dios es como un “tirano” que se adormece al dulce ruido de las horribles blasfemias de los hombres y que no se cansa de escuchar, como si fuera una exquisita sinfonía, los sollozos de los mártires y ajusticiados. El mismo Dios sonríe desde el cielo frente al ruido de los clavos en las manos y en los pies de Jesús en el Calvario.

Muchos críticos han leído estas afirmaciones como la descripción de un Dios sádico. Sin embargo, se podrían leer más bien como la complacencia de un Dios que ve que su Hijo y los hombres cumplen plenamente su vida terrenal, sin fraudulentas ayudas divinas: es un Dios satisfecho de que los hombres, los mártires y Cristo mismo muestren ser realmente hombres, probados en su vida terrenalmente carnal.

Esta lectura se confirma cuando el poeta pregunta a Cristo, antes de morir en la cruz, si tiene algún remordimiento en el momento en que los soldados “escupen en su divinidad” o clavan la corona de espinas en su cabeza (pensamiento) “en que vivía su humanidad” o al recordar “los días tan bellos en que pisaba los caminos” de todos los hombres. La respuesta de Cristo es sorprendente. Él está feliz de dejar un mundo en que cada acto no es el fiel cumplimiento del deseo y del placer de ser hombre, en que el hombre ya no puede “usar la espada ni morir por la espada”. Un mundo en que los mismos cristianos se cansan, mejor dicho, se aburren de ser hombres, pues, como escribía Charles Péguy, “no teniendo el coraje de vivir en lo terrenal, piensan vivir en lo eterno” (palabras citadas por el Papa Francisco en su discurso final del Sínodo sobre la Amazonia). Cristianos que viven en el hiperuranio platónico de Ideas-Teorías-Valores cliché, politically y clerically correct.

 

Académico Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía

Agostino Molteni