El cambio imprescindible  

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Blog Académico

¿A quién hablaré hoy? Los conocidos son malos, los amigos de hoy no aman.
¿A quién hablaré hoy? Los corazones son rapaces, todos roban los bienes de su prójimo.
¿A quién hablaré hoy? El hombre honesto ha desaparecido, el violento tiene acceso a todo.
¿A quién hablaré hoy? Los hombres se complacen en el mal, la bondad es rechazada en todas partes.
¿A quién hablaré hoy? No hay gente honrada, el país está abandonado a los que obran el mal”.

No, no es que me haya surgido la vena poética, para expresar de una forma dramática los pesares de nuestra sociedad y de tantas otras, sino que estoy citando un texto de origen egipcio, titulado “Diálogo de un desesperado con su alma”, cuyo origen se ubica aproximadamente en el año 2.100 AC. En él, el autor se queja de la presencia de la maldad, la codicia (“corazones rapaces”), el aprovechamiento en el mal sentido, la falta de honestidad y bondad, el placer en hacer el mal y la corrupción. Corazón, en el mundo egipcio, así como en la Biblia, es la sede del pensamiento, inteligencia, memoria, voluntad, y no la sede de los sentimientos, como en el mundo griego. De pasajes así está lleno el Antiguo Testamento. Sobre todo la literatura poético-sapiencial y la profética.

Esta situación descrita, acaecida hace 4.100 años, podría consolar a algunos, en el sentido de que lo que sucede hoy ha pasado siempre y, por tanto, no es cierto lo que dicen los viejos reclamones de que “todo tiempo pasado fue mejor”; y desesperar a otros, pues en cuatro milenios no hemos avanzado prácticamente nada.

Interesante punto el constatar que es a todas luces evidente que el avance o desarrollo no se puede restringir al ámbito tecno-científico. No sirve de mucho si no va a la par con un crecimiento en humanidad, si no se profundiza en la interioridad.

En otras columnas he abogado por la necesidad de cambios estructurales, y eso lo mantengo, pero ahora agrego una dimensión fundamental: el cambio interior. Si no cambiamos de adentro, los cambios que hayamos hecho en lo externo corren el grave peligro de quedar como letra muerta. Es cierto que, jurídicamente, por ejemplo, se puede proteger a los más débiles, pero siempre encontraremos la forma de doblarle la mano a la ley, el truco interpretativo, el vacío legal, el subterfugio, lo que se ha formulado con toda precisión en el conocido refrán: “hecha la ley, hecha la trampa”.

Por eso que es tan esencial el cambio interior, lo que en la tradición judeo-cristiana se conoce como conversión. Tal conversión aparece no sólo en términos religiosos, como llegar a creer en el Dios de Israel o en Jesucristo, sino también en términos éticos, de comportamiento, porque de lo que se trata, en última instancia, es de hacer la voluntad de Dios, que consiste en buscar el mayor bien para la humanidad. De ahí que, a modo de ejemplo, el profeta Isaías dice: “Lávense, purifíquense, aparten sus fechorías de mi vista, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien: busquen lo que es justo, reconozcan los derechos del oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda” (1,16-17).

La conversión es un cambio de forma de pensar que se expresa en un cambio de conducta. De cada uno de nosotros depende optar por la humanización o la deshumanización; por la cerrazón egoísta en el propio bienestar o la preocupación por los demás, en especial por los más frágiles; por el abuso de poder o el servicio; por la codicia asesina o el bien común.

Cada generación ha de replantearse ante estas alternativas. Cada época necesita su propia conversión. Sin ella, corremos el riesgo de efectuar grandes cambios para terminar volviendo a lo de siempre y volveremos a entonar como una canción fúnebre: ¿A quién hablaré hoy?…

 

Dr. Arturo Bravo Retamal

Académico Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía