“¿Dónde está, oh Muerte, tu victoria?” (1Cor 15,55)

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Con esta frase de connotaciones hímnicas cerraba san Pablo su argumentación acerca de la fe cristiana en la resurrección de los muertos, rematando en el motivo principal: “¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria  por nuestro Señor Jesucristo!” (1Cor 15,57).

Hoy, en medio de esta mortal pandemia, muchos han muerto (ya van más de 500 mil en el mundo, según informan). Muchos lloran sus deudos, muertos en condiciones de aislamiento y soledad, de lejanía física y angustia espiritual. También mucho personal de la Salud, al ver este drama humano, asumen sobre sus hombros no sólo el cuidado físico, sino incluso el consuelo ajeno, y lo hacen un sentido de humanidad, que en ocasiones alcanza ribetes de “sacralidad” por el amor con que se entregan al cuidado integral de sus pacientes. A ellos se suman muchos sacerdotes, llevando los sacramentos.

Asumir y aceptar la muerte es un acto de libertad que los cristianos ejercemos desde la fe en Jesús. No es estoicismo (apatía insensible) ni cinismo (un alarde de autosuficiencia y de desprecio ante la muerte), es el reconocimiento agradecido de Dios, a quien confesamos como Padre, que nos dio la vida como un regalo y en cuyas manos la entregamos en el trance del morir. Es el “en tus manos encomiendo mi espíritu” que pronunció Jesús en la cruz.

Los cristianos también lloramos la muerte de quienes amamos, como Jesús que rompió a llorar al llegar ante la tumba de su amigo Lázaro. No creemos en un Dios impasible, sino en un Dios que es Padre, que si se le invoca se apiada y se compadece. Como enseña san Bernardo de Claraval: “Dios no deja de ser compasivo, siempre inclinado a compadecer y a perdonar”. Dios, movido por su amor al mundo, envío a su Hijo y así, compadecido, ha padecido con nosotros.

Los cristianos celebramos el funeral porque la muerte ha sido vencida, y el morir ya no es el final del camino y de la vida, sino la condición para pasar al encuentro definitivo con Jesús vivo y resucitado. Desde el bautismo no hemos ido configurando a la muerte de Jesús, que consistió en un no al pecado (que es aversión a Dios y autoafirmación soberbia de nosotros mismos) y un sí a Dios como Dios, Padre y dador de todo lo que somos. Morir así, como Jesús, es morir según la fe recibida y sellada en el bautismo, alimentada en la Eucaristía (anuncio de la Pasión y muerte de Jesús y proclamación de su resurrección), en la esperanza de su venida y de resucitar como él y vivir para siempre con él. La muerte de Jesús es la forma de vida del cristiano.

El cristiano ama a Jesús que es Vida eterna, vida y comunión con la Trinidad. Esa comunión con Dios se expresa en la comunión con los demás cristianos y a favor de toda la humanidad. Por eso los cristianos oramos por los difuntos, porque la muerte no es la última palabra. La primera y última palabra es siempre de Dios en su Creación y Juicio universal o final. No porque alguien haya muerto está todo terminado. ¡De ninguna manera! Aún queda la oración de toda la Iglesia que intercede por los difuntos, y además falta el último Juicio de Dios, que cuenta con nuestras oraciones de unos para con los otros, y también a favor de los difuntos.Para los cristianos, ¡nadie muere solo!, siempre está la comunión y la oración de toda la Iglesia.

Si tienes que enfrentar la muerte tuya o de los que amas, no temas, ten fe, ora confiadamente a Dios tu Padre, a Jesús que murió por todos y nos dio su Espíritu Santo vivificador. Dios se interesa por nosotros, se compadece, padece y se identifica con los que sufren y mueren como el buen ladrón, que decía mientras moría: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino”. A lo que Jesús respondió con esta promesa: “Yo te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 42-43).

Dr. Juan Carlos Inostroza Lanas

Académico Instituto de Teología UCSC