La Iglesia, Madre y Maestra en la “caridad social”

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Blog Académico

La Iglesia es descrita en el catecismo como una madre y maestra, la que recibe y custodia la Palabra de Dios con el fin de enseñar a los fieles el camino de la verdad, siendo deber de todos los creyentes el prestar atención y hacer parte de sus vidas lo que se ha promulgado.

Con el fin de ejercer su rol de madre misericordiosa que internaliza la realidad y que acoge en su seno los cambios y los nuevos desafíos que le entregan sus hijos, es que la Iglesia de Concepción, dirigida por su Arzobispo, invierte los papeles en cuanto al emisor y al receptor; y en coherencia al llamado que luego hizo el papa Francisco, ésta vez, el oyente fue sin duda alguna la misma Iglesia que ha escuchado “con los oídos y el corazón”. Dicha mirada de madre desembocó en un proceso renovador llamado “VII Sínodo Diocesano”, donde la Iglesia abrió sus puertas y en su función de servicio para con el pueblo de Dios, pudo llevar a cabo un profundo reconocimiento de sí misma y de las distintas realidades existentes dentro de la arquidiócesis.

El proceso sinodal se enmarca en el establecimiento de nuevas líneas de acción para la maestra de misericordia. Esto es, para que laicos y sacerdotes con la guía del Espíritu Santo, puedan examinar y ejercer una remozada pedagogía de evangelización que permita dar alcance a todos los hombres y mujeres que componen nuestra sociedad; en sí, hallar la manera de adentrarse en ese pilar fundamental llamado familia o bien denominada Iglesia doméstica. Siguiendo el camino trazado por el “Concilio Vaticano II”, las conclusiones sinodales llaman a integrar y acompañar con alegría a este mundo voluble, y a guiar hacia la verdad con misericordia; para ello, se postula con urgencia una Iglesia atenta a los signos de los tiempos; que sea fraterna, y en salida (misionera); sin miedo a denunciar las injusticias, y a anunciar el Evangelio y sus enseñanzas, propiciando así la conversión personal. Se solicita un pueblo de Dios coherente, santo, por sobre todo humilde, ecuménico e inclusivo. Que esté en constante formación para edificar una Iglesia sabia, misericordiosa, preocupada de auxiliar a los “hermanos menores”; en resumen, aquellos que son Iglesia e incluso los que no se sienten parte ella, demandan el brote de las virtudes y los valores esenciales de la vida cristiana; concertando en ésta instancia el nuevo “compromiso eclesial” por parte de la arquidiócesis de Concepción, que en total afinidad al “jubileo de la misericordia” es un claro deseo de vivificar un pueblo fiel, consolador y caritativo. Pues, el motor de todo hombre simplemente es el amor.

No hay duda de que la acción del Espíritu Santo en los que participaron de éste sínodo permitió dilucidar el fermento y motor de nuestra fe, puesto que el amor junto a la misericordia del Padre (Lc 6,36) son la inspiración y fuente del obrar cristiano. Semillas que deben germinar para vencer la indiferencia en el mundo, pues vivimos tiempos difíciles a causa del desánimo, y la falta de compromiso; la humanidad se está contagiando con el virus del individualismo y el egoísmo; la ausencia de valores y el deseo de inmediatez ha desembocado en una Iglesia sufriente, amenazada por la ignorancia de quienes la menosprecian y de aquellos que desde dentro marginan al pecador y al que no comparte su fe. No permitamos que sea el odio hacia la Iglesia la sensación que despertemos en el hermano que sufre, y el desalentado; en el no creyente, el pobre y el enfermo; y en aquellos que viven en pecado. Abrir el corazón, fomentar el encuentro cercano y real con el prójimo; ponernos en el lugar del otro, vivir como si fueran propias las carencias espirituales y corporales de quienes nos rodean; corregir a otros fraternalmente cuando es necesario e ir en auxilio del hermano, ¡esa es la misión del creyente!. Pues, es un mandato hecho por el mismo Cristo: “Y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 31); lo que explica con lo siguiente, “en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

La caridad como virtud es aplicable a Dios y al hombre. No obstante, la solidaridad reconocida como el encuentro real con el prójimo o “caridad social”, es una virtud dirigida exclusivamente al otro en tanto que “comunica los bienes espirituales aún más que los bienes materiales”. Un claro ejemplo de ello es san Alberto Hurtado, icono indiscutible de esta virtud moral, que en su tiempo hizo de la Iglesia una figura cercana al Chile de las periferias; quien buscando la justicia para con los marginados, fue refugio espiritual y material, entregando cariño y aliento de vida por medio de la Palabra; y dando alimento, abrigo y techo al que no lo tenía. Es justamente éste ejemplo de vida el que incita a la Iglesia a celebrar durante el mes de agosto la importancia del encuentro con el prójimo; pues el ser solidarios es el ejercicio aplicado a la sociedad, que hoy y siempre nos debe urgir como Iglesia fraterna.

Lic. Cecilia Pérez 

Académica Instituto de Teología