¡Ya no basta con rezar!

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Blog Académico

El contexto de esa frase, hoy bastante conocida, corresponde a una película del director Aldo Francia realizada en 1973. El film cuenta la historia de un sacerdote enfrentado a la pobreza y desórdenes sociales que sucedieron en el marco del gobierno de Eduardo Frei Montalva. El protagonista, el Padre Jaime, debe luchar  entre su obediencia a la jerarquía de la Iglesia y sus deseos de tomar un papel más activo en la revolución obrera que se está planeando en el puerto de Valparaíso en 1967.

¡Ya no basta con rezar! No significa que debamos dejar de rezar, significa que además de rezar, la lucha por la búsqueda de la justicia y la paz social, como signos del Reino, deben guiarse por los senderos de la acción. Sin embargo, haciendo una  lectura rápida, la frase pareciera sugerirnos que la oración queda relegada a un plano secundario en los tiempos actuales y, que el centro de la vida cristiana ha de ser la acción-revolución. Pero ¿podríamos tener una verdadera relación filial con el Padre sino guardamos esa relación en la hondura de nuestra existencia? ¿De dónde sacaríamos la fuerza que necesitamos para actuar? ¿Podemos siquiera tener ese espacio de encuentro que nos abre a la trascendencia?

En esta línea, el Papa Francisco en su última exhortación dedicada a la búsqueda de  la santidad en el mundo actual, ha dejado para el final del capítulo cuarto lo siguiente: “(…) aunque parezca obvio, recordemos, que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración” (G. E. 147). Recuerda también a San Juan de la Cruz, “procurar andar siempre en la presencia de Dios” y ese procurar como manifestación del deseo de Dios, del hombre que quiere la presencia real del Padre “apegado a su corazón”.  

Simone Weil, filósofa francesa de la primera mitad del siglo XX, en su libro, A la Espera de Dios, reflexiona sobre este deseo de Dios, que ella interpreta como una espera de Dios. Que seamos seres trascendentes, no se reduce a una explicación de tipo espiritualista, sino a la completa apertura del hombre hacia otro, y por cual el yo está constantemente reclamando al tú. Aquí, reflexiona Weil que la vida del hombre se juega en un instante de verticalidad donde en nuestra constante horizontalidad levantamos la mirada y decimos, ¡Señor, si existes, ven! Así, la oración no es solo un signo del creyente sino de todo hombre que interroga la realidad y exige en ella una respuesta.  El mismo Dios le enseña al pueblo de Israel, que pidan su Rostro para que “YHWH los bendiga y les traiga la paz” (Nm 6, 22-27). Ese Rostro de YHWH, como recordatorio de que Dios es otro distinto del hombre, un Tú que se deja interpelar por el hombre en la historia del hombre.

Por esto, Weil cree que el evangelio cristiano no consiste solo en anunciar a Dios, sino enseñar a los otros a pedir que, si existe, acontezca. Así también lo ha hecho Jesús ¡(…) santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino! (Lc 11, 1-10).  Esta forma de entender el cristianismo de una mujer que no es cristiana sino hasta el final de sus días (Simome muere a los 34 años de edad) nos mueve a interrogarnos respecto de nuestra forma de orar, reconociendo la otredad de Dios- Padre, distinto porque es Padre y, nosotros hijos. Si esperamos y confiamos en este Padre que es bueno y misericordioso, dice Weil, que podemos tener la certeza que si pedimos pan, no se nos dará piedras.

Orar, para creyentes y no creyentes es la absoluta vinculación del hombre con el misterio, que no es misterio porque sea incomprensible para nosotros como un todo caótico, sino misterio porque presentimos algo-alguien que nos sobrepasa y nos colma, por eso a veces tan solo ¡basta con rezar!, tener ese instante de verticalidad que nos recuerda lo humanos que somos y quizá ahí comienza el camino de nuestra santidad.

Soledad Aravena

Académica Instituto de Teología