Conmemoración de la reforma de Lutero 31 de octubre de 1517

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A 500 años de la Reforma, si bien no podemos festejar ni celebrar lo que fue una inmensa tragedia del cristianismo en Occidente, sí podemos, sin embargo, conmemorar, hacer memoria de lo que ocurrió para aprender de la historia. En esta conmemoración, me parece muy importante tener en cuenta los avances del Diálogo Ecuménico y mostrar que este centenario ya no es como los anteriores, sino un hito relevante para el camino de la comunión tan esperada.

Esta conmemoración coincide además con los 50 años del diálogo luterano-católico, iniciado en 1967, tras el Concilio Vaticano II. Este diálogo ha dado un fruto relevante que es la Declaración común luterano-católica sobre la Doctrina de la Justificación.

El Papa Juan XXIII dio el punto de partida clave del diálogo con los hermanos separados de otras confesiones cristianas que al invitarlos a ser parte del Concilio Ecuménico Vaticano II señaló: “Es más lo que nos une que lo que nos separa”. Es necesario partir desde la unidad que existe entre nosotros y por la que nos llamamos “cristianos” y “hermanos en la fe”. Durante siglos subrayamos lo que nos separaba, y sólo logramos profundizar la división y los malos entendidos. La importancia del punto de partida indicado por Juan XXIII para este Diálogo Ecuménico ha sido radical, y ha permitido –tras 50 años de diálogo luterano católico- cosechar una primicia, un primer fruto esperanzador de unidad: La Declaración común o conjunta de 1999, antes mencionada.

Importante también ha sido el método de la Declaración común, hallado conjuntamente: el “consenso diferenciado”, es decir, un consenso en lo esencial, en las verdades fundamentales para ambos sobre el tema abordado en el acuerdo, y el reconocimiento de que habiendo acuerdo en lo esencial, puede haber también diferentes formas de expresión teológica, a las que se les ha quitado ya el veneno separador. Hoy el diálogo luterano-católico sigue, particularmente en cuestiones sobre la comprensión de la Iglesia. Importante también aquí es el método llamado de “unidad reconciliada”. Es un modelo de “unidad en la diversidad reconciliada”; unidad eclesial en medio de unas diversidades que ya no son separadoras. Así, no se trata ya de la absorción o “retorno” de una iglesia a otra, sino que todos caminamos hacia la unidad, como bien enseña el Concilio Vaticano II: Unitatis Redintegratio, es decir, la reintegración (de todos) a la unidad. Tal unidad ha de tener también visibilidad. Por eso, que el documento Iglesia y Justificación de 1994 se vuelve importante para luteranos y católicos en todo este diálogo, pues en él ambos reconocen el concepto de Iglesia como “sacramento”, que es uno de los puntos centrales de la eclesiología del Vaticano II. Avanzamos así hacia una eclesiología convergente de comunión visible.

Por último, es importante reconocer, como bien enseña el Concilio Vaticano II, que si bien la división de la Iglesia ocurrió “no sin culpa de los hombres de una y otra parte” (UR n.3), los protestantes actuales no tienen culpa en el hecho de la desunión. La Unidad de la Iglesia es un don de Dios, hemos de pedirla juntos protestantes y católicos con sinceridad y humildad.

 

Dr. Juan Carlos Inostroza Lanas

Académico Instituto de Teología UCSC