¿Por quién debería votar un católico?

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Blog Académico

Un feligrés se me acercó y sin preámbulos me dijo: “se acercan las elecciones presidenciales y no se por quién votar, ¿qué me puede decir usted?, ¿Por quién debo votar?”

Su pregunta me sorprendió. No porque dudara por quién votar, sino porque sabía que la respuesta era difícil, pues ella, de algún modo, influiría en su decisión libre y ciudadana. Hoy, los curas no estamos llamados a decir por quién hay que votar. Pasaron los tiempos en que la Iglesia llamaba a votar por uno u otro candidato, según la cantidad de comuniones que recibía o por la obras de piedad que hacía o decía hacer. La realidad hoy es distinta y complicada.

Una respuesta “fácil” sería: vota por aquellos que se declaran católicos. “Fácil” porque no exige discernimiento; es, a fin de cuentas, una salida cómoda, pero poco comprometida con la verdad.  ¿Por qué?

Hoy, la mayoría de los políticos se definen como personas de buena voluntad, creyentes, cristianos o católicos. Si la cuestión sólo se limitara a buenos propósitos o a una profesión de fe, el tema estaría, más o menos, resuelto. Pero, la realidad no es así. Hoy, no basta con decir que se es el propulsor de una nueva mirada del mundo, constructor de una nueva sociedad o un discípulo de Jesús para convertirse en un buen candidato, innovador, creyente y/o progresista.

Pero la fe, las buenas intenciones, ciertamente, no se reducen a un puro discurso; van más allá de las palabras, propósitos, gestos o ritos: reclaman una coherencia de vida. Cuestión no fácil, ¿qué duda cabe? Quizás uno de los aspectos más complicados, cuando alguien se define como hombre de buena voluntad o cristiano, tiene que ver con el ejercicio cotidiano de aquello que se dice pensar, creer o anhelar.

Ante la pregunta de este feligrés, más que dar un nombre, le propuse mirar de qué manera, en la vida del “posible electo”, su vida, su ejercicio privado y público expresan coherencia; si sus principios, valores y convicciones han sido vividos lo más plenamente posible. Mi respuesta, sin embargo, no fue suficiente.

Le propuse, entonces, considerar algunos criterios de discernimiento: buscar conocer al candidato más allá de la pantalla o slogans; conocer sus propuestas a fondo; entender que las buenas intenciones no bastan; comprender que el voluntarismo político es engañoso y destructivo; conocer su historia, ya que la actuación en el hoy no es una manifestación completamente reveladora de lo que se ha hecho o defendido en el pasado; saber quiénes son los que lo apoyan, no olvidando el refrán popular. “dime con quién andas y te diré quién eres”; saber qué lugar ocupan los pobres y desvalidos en sus propuestas; qué lugar ocupa el derecho a la vida, no sólo en el parto o el “buen nacer”; saber qué lugar ocupan los niños y las mujeres en su mirada de futuro…y, sobre todo, ejercer en plenitud el sentido de la responsabilidad. Le dije, finalmente, a este hermano: la elección de un presidente y de cualquier servidor público, es un acto de madurez y compromiso. Vaya usted y vote tranquilo, confío en que no se equivocará.

 Dr. Hernán Enríquez Rosas

Académico Instituto de Teología