Jesús cambió la identidad de Dios definitivamente

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Blog Académico

¿Quién es Dios para el cristiano? Ciertamente ya no es lo que confesaba la fe judía. La Pascua judía mostraba la identidad de Dios como “el Dios que sacó a Israel de Egipto”. Dios es el libertador de Israel (y lo será por siempre, podemos estar seguro de eso). La Pascua judía es la “fiesta de la independencia nacional”, por decirlo así. ¿Y el cristiano? ¿Qué confiesa en la Pascua? “Dios es el Padre de Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos para nuestra Salvación”. El acontecimiento central ya no es la maravillosa gesta del Éxodo en que Dios sacó a su siempre amado Pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Hoy el acontecimiento central es la Resurrección de Jesús de Nazaret. Jesús ha revelado la faceta más íntima de Dios: su ser, comunión de amor de tres Personas divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La Pasión y muerte de Jesús, ¿qué significado tiene como revelación del ser de Dios? La Pasión y muerte de Jesús es la Pasión y muerte del Hijo de Dios. La Persona del Hijo de Dios, encarnado en el vientre de la Virgen María, que le dio carne y naturaleza humana por el acto poderoso y creador del Espíritu Santo, hoy sufre y muere a causa de la humana aversión a Dios que es el pecado, y que se manifiesta en la conducta moral de hombres y mujeres, odiando todo lo que tenga pretensión de mostrar la presencia del amor de Dios. El pecado busca la muerte de Dios, y descarga toda su violencia sobre todo lo que pueda ser de Dios. El pecado no es simplemente la falta ética o moral. El pecado es “aversión y rechazo de Dios”. Pero como todo lo que es humano (y el pecado es humano) se tiene que mostrar y concretar en la conducta moral: en nuestras decisiones y en nuestras acciones.

El significado de su Pasión y muerte, lo expresó Jesús el Jueves Santo en la llamada Última Cena, que es la Misa o Eucaristía. El pan y el vino es su cuerpo separado de la sangre, y eso significa su muerte. Proféticamente Jesús anuncia a sus discípulos lo que sucederá en pocas horas al día siguiente, el Viernes Santo. “Mi cuerpo entregado (a la muerte), mi sangre derramada por la salvación del mundo”. En la Misa, tras la consagración el sacerdote dice: “Este es el sacramento de nuestra fe” y nosotros respondemos diciendo de pie esta aclamación: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

La salvación del mundo, ¿qué significa eso? Jesús dijo. “Yo he vencido al mundo”. El mundo estaba dominado, esclavizado por el pecado como odio a Dios y a la imagen de Dios que es el varón y la mujer. Jesús ha vencido ese odio con su amor. El triunfo del pecado es que uno odie y mate al hermano, varón o mujer. Jesús no sólo no odia, sino que ama intensamente, se le conmueven las entrañas ante el dolor, el sufrimiento y la muerte de muchos por causa del odio y la maldad de sus hermanos humanos. El amor de Jesús es más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestro pecado o aversión a Él. Él muere amándonos, dando la vida por sus enemigos. Jesús restablece la relación de amistad de la humanidad con Dios en su propia Persona como Dios y hombre. Y así nos abre la puerta a todos nosotros: Él es la Puerta, ahora abierta de par en par, para entrar a la comunión de vida y amor con Dios para la que fuimos creados.

La Resurrección de Jesús de Nazaret es el sello y fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. ¿Por qué? Porque Dios ha validado toda la vida y enseñanza de Jesús al resucitarlo de entre los muertos. Todo era y es verdad. Creer en él (nuestra fe) es creer en algo real y verdadero. Y esperar en su promesa: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” es una esperanza cierta, fundada en Jesús resucitado. No creemos en un muerto, sino en uno, Jesús de Nazaret, que está vivo. No creemos en un libro (la Biblia), creemos en la Persona viva de Jesús de Nazaret, cuya presencia esta en la Eucaristía y cuya palabra está en la Iglesia en la Biblia y en la Tradición viva de la liturgia, de los sacramentos, la vida de los cristianos que siguen a Jesús con humildad, sinceridad y alegría.

 

Dr. Juan Carlos Inostroza Lanas

Académico Instituto de Teología UCSC