María assunta

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Blog Académico

La fecha que nos detiene en esta ocasión, se refiere al último dogma mariano que en el año 1950 fue declarado por el Papa Pío XII. Pero, ¿qué sabemos de este dogma hoy, en posteridad a la fecha de su declaración? ¿Qué entendemos de este dogma que aparentemente ha dejado de suscitar cuestionamientos en la investigación teológica?

Lo que el dogma expresa es que María fue assunta, es decir, elevada por Dios a los cielos; de modo distinto a la Ascención de Jesús su hijo, quien se eleva, precisamente porque es Dios  mismo actuando y abriendo el acceso a la humanidad entera al encuentro glorioso con el Padre. (CEC 661). Para María el dogma declara lo siguiente: “(…) que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen, cumplido el curso de su vida terrena fue assunta en cuerpo y alma a la gloria celeste” (Papa Pío XII Bulla Munificentíssimus Deus del 1950, nº 44)

No obstante, desde aquí se nos presenta una dificultad que no es nueva, una interrogación permanente en la tradición cristiana. ¿La muerte biológica, aconteció en María antes de su asunción?

Sobre lo anterior, la respuesta más próxima es la ofrecida por San Juan Pablo II en una de sus catequesis semanales del año 1997, el Santo Padre sostuvo:¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de María y en su relación con su Hijo divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre. (Juan Pablo II, “Catequesis del 25 de junio de 1997). El Pontífice fundamentó desde tres argumentos: Primero, la Iglesia tradicionalmente se ha inclinado por afirmar que María fue assunta después de su muerte biológica natural. Segundo, negar la muerte biológica de María sería admitir un carácter privilegiado frente a la experiencia de su propio Hijo que, como sabemos, experimentó el dolor y la muerte que constituyen actos salvíficos para la humanidad y que nos presentan a Jesús como único mediador de salvación y a María co-mediadora de salvación. “En ella se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad” (LG 55). Tercero, la resurrección (restauración consumada) sólo es posible cuando acontece la muerte. ¿Tendría sentido una resurrección sin antes haber experimentado la muerte?

Tomando los argumentos de San Juan Pablo II nos inclinaremos por admitir la muerte en la carne de María y nos permitiremos una pequeña reflexión.

El problema versa desde el punto de vista teológico acerca de qué entendemos por muerte y por qué damos a esta un carácter únicamente negativo para la realidad del hombre y su historia en el mundo. La respuesta nos conduce a dos meditaciones.

Por un lado, nos recuerda que en la historia de la Iglesia tanto el gnosticismo como el docetismo han estado presentes perturbando el evangelio que nos enseña  la Buena Nueva de un Dios que se hace hombre en toda la expresión del concepto. No es un Dios que rechaza la carne ni la materia, sino por el contrario se manifiesta, se revela en ellas con toda su grandeza. En el segundo capítulo del Génesis hallaremos que todo cuanto fue puesto en el paraíso era para el goce y el deleite de los hombres. Todo cuanto había de material estaba ordenado a una vida plena en la que el hombre disfrutaba en compañía de su Padre tanto en las funciones orgánicas como las espirituales. Esta presencia positiva de la materia es ratificada en los símbolos escatológicos del banquete nupcial (Mt 22, 1-14). Por ello, el acontecimiento cristiano no es sólo espiritual, en contra de lo material, sino aquella que nos dice que Dios ha amado su creación tal cual la ha hecho; …y vio que todo era bueno… ¡mas para el hombre vio que estaba muy bien! (Gn1,18; 1, 31). La carne no es sinónimo de pecado ni de mal sino el constituyente esencial de la creación a tal punto que la resurrección a la vida eterna se proclama en la carne.

Por otro lado, el concepto bíblico de la muerte no es un concepto eminentemente biológico, sino sobre todo teológico-religioso (Ruiz de la Peña. El Don de Dios. Pág 60).  El Génesis no nos habla de la muerte biológica como castigo, sólo nos pone en antecedente, es decir, le recuerda al hombre que ha venido del polvo y que a éste volverá, pero no como sanción sino como recordatorio. Si leemos mal esta sentencia caemos en el error de ver la muerte como castigo. Entonces ¿a qué se refiere la muerte en el contexto bíblico? La muerte siempre se lee en función del pecado, hay muerte donde hay pecado. ¿Pero qué es el pecado? Ratzinger sin ambages nos dice: El pecado es la pérdida de la relación (Ratzinger, Creación y pecado. Pág. 37). Es el resultado de un hombre que queriendo vivir por sí mismo y para sí mismo transforma todas las relaciones originarias (con el mundo, con los otros hombres y con Dios) en competencias y existencias anquilosadas en el yo absoluto. Todo se vuelve hostil y tedioso, hiriendo no solo al yo personal sino a la humanidad entera incluso el equilibrio cósmico. El pecado es muerte porque el hombre no vive para sí mismo, ni por sí mismo. El hombre no es una soledad atomizada, es una persona imagen y semejanza de un Dios trino (dialógico, comunicativo, referido, relativo a otros). Quien no vive en su máxima expresión siendo lo que es simplemente muere. La muerte es dejar de vivir en esta comunión original, es un hombre vagando en un lugar que no le es suyo, porque lo suyo es una vida avecindada, junto a otros. Esto evidentemente afecta su libertad. El hombre ensimismado – alienado no le debe más respuesta que a su monótono monólogo, Sin embargo,  el hombre persona, sabe que su libertad es siempre una respuesta de comunión. Es una respuesta que se da entre personas, entre ese yo que se entiende solo con el . En definitiva, la muerte es la pérdida de la comunión, es una vida alejada de la relación filial y original que afecta profundamente y, a nivel esencial las respuestas de los hombres.

María Inmaculada, sin mancha, sin pecado original, se ha mantenido en esta comunión desde su creación para poder responder en plena libertad al llamado del Padre, dando una respuesta que solo es posible en un ser humano cuya vida la entiende desde siempre como respuesta a otro y, que le ha permitido decir sin vacilaciones: … hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). María, la llena de Gracia (Lc 1, 28), lo es porque en ella no hay muerte (en el sentido de la  muerte teológica-religiosa del contexto bíblico) no hay separación, no hay pecado, solo hay relación, vida en abundancia. María, Theotókos, y  al mismo tiempo, la madre de los vivientes, de los que viven porque su vida no sería posible sin la relación originaria del Señor de la vida se nos presenta como ejemplo de vida para la humanidad.  Jesús nos dice en el evangelio de Juan: yo soy el camino, la verdad y la vida …quien viva en mí no morirá jamás. Él como Hijo nos acerca a esta vida fundante – originaria que es vida perfecta y fuente verdad porque es pura relación: la trinidad, donde María tiene un puesto privilegiada por ser abogada nuestra.

En conclusión y siguiendo la reflexión de San Juan Pablo II, la muerte biológica de María no anula su carácter de inmaculada, sino por el contrario, lo engrandece porque nos abre la mirada y nos permite comprender que la vida es la eterna participación con el Señor de la creación y frente a la cual estamos todos llamados a disfrutar y gozar en la real persona que somos: Cuerpo y alma.

Soledad Aravena

Académica Instituto de Teología UCSC