La exhortación apostólica postsinodal sobre el matrimonio y la familia

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Blog Académico

La Iglesia “madre y maestra” se ha expresado, en este documento pontificio postsinodal, de una manera elocuente sobre el matrimonio y la familia en la hora actual. “Amoris laetitia” es una exhortación a alegrarnos por el matrimonio y la familia hoy. Sí, hoy, a pesar de la algarabía de voces cargadas de pesimismo y morbo depresivo, la Iglesia con el Papa a la cabeza se alegra, toda ella, porque sabe que el matrimonio y la familia tal como Dios lo ha revelado es un “evangelio”, lleno de vida, esperanza y salvación para todos y cada uno de los hombres y mujeres que vienen a este mundo.

Nadie a dicho, y tampoco lo dice este documento, que vivir el matrimonio y la familia fuera una cosa fácil. Pero que no sea fácil, nada tiene que ver con que sea triste o imposible. La Iglesia sabe desde siempre las enormes dificultades por las que puede pasar el matrimonio y la familia (véase por ejemplo, el amplio espacio que le dedica el Derecho canónico al matrimonio). Por siglos, la Iglesia ha regulado con enorme sentido de humanidad la amplísima variedad de situaciones dramáticas y dolorosas que de hecho afectan a las familias, a la par que no ha dejado nunca de anunciar, e incluso defender (como lo hizo el gran obispo san Ireneo de Lion frente a quienes consideraban pecaminosa la relación sexual del matrimonio) la santidad y altísima dignidad de la vida matrimonial y familiar. En este sentido, la exhortación postsinodal es una magnífica continuidad con toda esta admirable Tradición de la Iglesia.

¿Cuál es entonces la novedad de este documento? En primer lugar, en mi opinión, está lo que yo llamaría “la mirada amplia” que ensancha el horizonte conceptual y experiencial actual: la familia desde el matrimonio a los abuelos. Se ha insistido mucho en la “familia nuclear”, “monoparental”, etc., pero eso es sólo una parte de la realidad actual. Esas mismas personas viven relaciones familiares más amplias y ricas, incluso cotidianamente, pues los abuelos, a veces ya bastante ancianos, son una verdadera ayuda a padres y madres solos y que sin ellos no podrían cuidar bien de sus hijos. Así esos hijos, son también nietos que se relacionan con sus abuelos hoy, incluso a veces más que con sus propios padres, dadas las exigentes y muy duras condiciones de trabajo hoy (largos trayectos de horas de ida y vuelta del trabajo, fines de semana igualmente obligados a trabajar, etc.).

En segundo lugar, está la “mirada integradora de la fragilidad humana”. El documento habla de “acompañar, discernir e integrar”. Se trata de acompañar “antes (nn.200-216), durante (nn.217-240) y después (nn. 241-258)” del matrimonio y la familia. Sí, también “después”, cuando la muerte ha clavado su aguijón, y la viudez y la orfandad irrumpen de manera inesperada en el hogar, o también la pérdida de un hijo o hija, de un tío o abuelos. También en “un después” distinto, cuando los hijos parten a hacer su vida y el hogar cambia su dinámica. Y también en el “después” de la ruptura matrimonial y familiar. Son situaciones difíciles, que implican todas las dimensiones de la vida y la reformulación de muchas relaciones esenciales que nos constituyen como personas. Todo eso exige acompañamiento y discernimiento. No sólo discernimiento, primero acompañamiento. ¡El orden es importante! Acoger como lo hace una madre buena, así la Iglesia abraza y reconoce toda esa fragilidad de sus hijos con ternura y firmeza. Es una madre fuerte que da fortaleza y esperanza. Y como madre sabia y maestra ejemplar, ayuda a discernir la integradora perspectiva de fe de sus hijos e hijas en la transversalidad generacional de las relaciones familiares. Es una madre que ama intensamente, que llora con los que sufren su propia fragilidad y se sienten muy solos en esa hora. Madre que administra la salvación, con la mirada amorosa, firme y segura de Jesús crucificado por nosotros. En un mundo que no tiene piedad del débil, que desprecia al que fracasa, que sólo acepta la vida exitosa y huye del dolor y de los dolientes, la Iglesia se conmueve en sus entrañas maternas y extiende sus brazos para buscar caminos de esperanza de salvación para todos.

En tercer lugar, está lo que yo llamaría “la realista naturalidad cristiana” frente a las situaciones que para algunos pudieran resultar escandalosas. Dios no se escandaliza de nada, nos conoce muy bien. Y todavía menos lo haría Jesús, el Verbo hecho Hombre en el seno de la Virgen María. ¡Qué bien entendió esto Santo Tomás de Aquino! Él fue llamado no sólo Doctor Angélico, sino también Doctor humano, por su profunda, realista, y compasiva comprensión de la naturaleza humana caída y sólo redimida por Cristo. El Papa habla de “paciente realismo” (nn. 271-273) y de “gradualidad” (nn. 293-295). Con eso pone este documento en el centro de la corriente de la Tradición eclesial de una adecuada pedagogía pastoral y del más criterioso acompañamiento espiritual.

Por su parte, los matrimonios y familias que han logrado con los años vivir la unidad del amor son un testimonio de la gracia de Jesús y muestran un camino de felicidad real. Es un don, no hay motivo ni lugar para el vano y destemplado (a fuer de hipócrita) orgullo arrogante. Esos matrimonios y familias son un testimonio verdadero, y por lo mismo humilde, sencillo, generoso y compasivo con todos, especialmente con quienes no lo han podido ser. Esas familias, si son cristianas, dan gracias a Dios y oran insistentemente por ellas y por todos, para que el Misterio Pascual del Señor Jesús los abrace amorosamente.

“Amoris laetitia” es así una exhortación a acoger el vino nuevo de Jesús en la Boda de Caná.

Juan Carlos Inostroza

Académico Instituto de Teología UCSC