Cuaresma: reencuentro con la verdad

Publicado por el

Blog Académico

Se me ha pedido que escriba sobre cómo vivir en lo cotidiano esta época de Cuaresma. Es tanto lo que se podría decir, pues se puede abordar desde tantas perspectivas, como, por ejemplo, lo que hay que hacer o lo que hay que evitar, pero como tampoco corresponde dar recetas, presentaré un par de ideas-fuerza.

Cuaresma es un tiempo en el que deberíamos volver a lo esencial, reencontrarnos con o recordar la verdad que nos ha sido revelada sobre Dios y sobre nosotros. Y de este recuerdo debería brotar todo lo demás. ¿Cuál es esa verdad? Que Dios nos creó por amor para invitarnos a participar en su misma vida divina, en la fiesta del amor trinitario. Es decir, venimos del amor y nos dirigimos al amor. Es decir, en primer lugar, nuestra existencia no es necesaria, sino que es gracia, puro don inmerecido. Pero haciendo mal uso de nuestra libertad, nos alejamos de Dios, rechazamos sus caminos, construyendo múltiples torres de Babel, grotescas caricaturas de felicidad, que nos dejan más vacíos y confundidos que antes. Sin embargo, Dios, a pesar de que hemos rechazado su amor (y todos sabemos lo doloroso de esta experiencia), en su infinita misericordia, sale una y mil veces a nuestro encuentro para reconquistarnos y llevarnos hacia Él. Este es otro gran motivo de alegría: Dios no nos abandona en nuestra flaqueza, sino que tiene puesto su corazón (en latín cors) en nuestra miseria, debilidad (en latín miseri), nos busca para sacarnos de ella. Esto es lo que significa propiamente misericordia.

Lo primero, entonces, es tomar conciencia de este Dios misericordioso y esto debería llenarnos de alegría y de agradecimiento. San Agustín decía: “Enmudezca en su alabanza de Dios quien primero no haya contemplado las pruebas de la misericordia divina” (Confesiones VI,7,1). No alabamos a Dios porque sí, sino porque hemos descubierto cómo ha actuado misericordiosamente en nuestras vidas. Ahora bien, esa alegría y esa gratitud nos deberían llevar como de la mano a ser misericordiosos con los demás. Aquí es donde las “obras de misericordia” encuentran su verdadero sentido. Ya no se trata de cosas “que tenemos que hacer” como si fuera un lastre que tenemos que cargar, sino que nos nace hacerlo porque no estamos haciendo más que transmitir a los demás lo que nosotros mismos hemos recibido.

El amor llama al amor y como la misericordia es la manifestación concreta del amor de Dios hacia nosotros, podemos concluir que “la misericordia llama a la misericordia”.

Dr. Arturo Bravo.

Académico Instituto de Teología UCSC