Mes de María y la Reforma protestante

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Blog Académico

Según la tradición católica, en Chile el mes de noviembre está dedicado a una especial devoción a la Virgen María, lo que sutilmente me lleva a reflexionar sobre su figura en el pensamiento de las grandes Iglesias de la Reforma, en especial la de los padres reformadores.

En las Iglesias de la Reforma no hay mariología, ni devoción mariana, ni oración a María. Cuando se quiere diferenciar a los católicos y protestantes, la frase cliché que siempre aparece es: “ellos no creen en la Virgen”. En cierto sentido la respuesta a esta exclamación es sí y no. Es sí, cuando lo que se expone se encuentra en, los textos bíblicos: “Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen”. Solo se cree todo lo que está escrito sobre ella en la Biblia. Y es no, cuando se realiza una crítica al carácter relativamente tardío y polémico de dogmas como la Inmaculada Concepción o la Asunción de la Virgen, o de su participación en la obra de salvación, de lo cual la Biblia no habla.

Estas denominaciones protestantes se levantan con fuerza contra toda tentativa de exaltar a María, de establecer un paralelismo entre ella y Cristo, así como entre ella y la Iglesia. Una Iglesia, la católica, que a sus ojos le ha conferido títulos que ocultan su verdadero rostro.

Por otra parte, y si retrocedemos al inicio de la Reforma protestante, encontramos interesantes elogios a María de reformadores como Lutero, Zuinglio y Calvino. Si tenemos en cuenta que los dogmas marianos anteriormente mencionados no estaban definidos en su época, la doctrina mariana que estos reformadores postulan sigue siendo en principio católica, y que al hacer una analogía con las posiciones anti-marianas del protestantismo moderno, contemplamos en estos últimos una clara discontinuidad.

Como ejemplo, observamos en Calvino una afirmación de la Virginidad permanente de María al señalar: “A partir de Mateo 1, 25, Elvidio creó mucha confusión en la Iglesia, porque de él dedujo que María había permanecido virgen únicamente hasta el primer nacimiento y después tuvo otros hijos con su marido (…) Es suficiente decir que es insensato y falso deducir de estas palabras qué sucedió después del nacimiento de Cristo. Es llamado el primogénito no por otra razón sino para que sepamos que él nació de la Virgen. En este texto se niega que José hubiera tenido concurso marital con María antes de nacer el niño; todo está limitado a este tiempo. Pero nada se dice de lo que sucedió después”. La opinión teológica de Lutero en el mismo tema señalará que “María permaneció virgen, pues tras sentirse madre del Hijo de Dios, no deseo ser madre de otro hombre, sino permanecer en esta gracia”. En la misma línea podemos encontrar a Zuinglio.

Los católicos, durante mucho tiempo hemos alimentado una cierta hostilidad a la convicción de que los protestantes no creen en la Virgen María. Pero esta animadversión del uno hacia el otro en relación a María debe ceder a un mutuo esfuerzo por comprender las razones del otro en un dialogo fraterno. Por ejemplo, uno de los aspectos al que los católicos debemos estar más atentos, es el no hacer de María una especie de rival de Cristo, reduciéndolo a una especie de juez del que no se escapa si no es con la intercesión de la Virgen. Es verdad que María es para nosotros intercesora maternal, recordemos las bodas de Caná, pero no al mismo plan que su Hijo, “un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1 Tm 2, 5)

En gran parte del protestantismo podemos reconocer una primavera en la reflexión sobre María. En ellos, la Madre de mi Señor es resituada en el misterio de salvación en el lugar de la humilde esclava del Señor y admirable testigo de la fe, en el primer rango de las creaturas rescatadas. Una reflexión que se alimenta del Evangelio y que toma en cuenta la misma fe de María expresada en la oración del Magníficat: “Las grandes cosas que Dios ha realizado en María, escribía Lutero, se reducen a ser la Madre de Dios. Con esto le han sido concedidos muchísimos otros bienes, que nadie podrá nunca comprender. De ahí se deriva todo su honor, toda su bienaventuranza y que ella sea en medio de toda la raza humana una persona del todo singular e incomparable. Ella ha tenido con el Padre celeste un niño, y un niño tal…Se comprende todo su honor, cuando se la llama Madre de Dios. Nadie puede decir otra cosa mayor de ella, aunque uno tuviera tantas lenguas como follaje tiene la hierba, como estrellas el cielo o arena las playas. Hay que meditar en el corazón lo que significa ser Madre de Dios”.

No en pocas oportunidades, la manera en que hablamos de María en la teología católica ha dado ocasión a malentendidos con la tradición protestante y viceversa. La reflexión mariológica debe comprometer a ambas confesiones cristianas en un esfuerzo que, en primer lugar, nos lleve a conocernos mutuamente, y en segundo lugar, nos ayude a comprender el lugar de María en el plan de Dios. También es una invitación a los cristianos católicos a profundizar nuestra fe, escrutando seriamente las Escrituras, y profundizar en ellas nuestra comprensión del lugar y rol de María en la historia de salvación.

Académico Edison Brito Rebeco.

Instituto de Teología UCSC