Nuevas solidaridades

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Blog Académico

En honor al Padre Alberto Hurtado, figura inspiradora en el ámbito social y espiritual para miles de chilenos, agosto ha sido declarado el mes de la solidaridad en Chile. La fecha me permite reflexionar hasta qué punto ésta solidaridad no pasa de ser más que una bonita palabra que a menudo viene a encubrir; el individualismo de nuestras sociedades, la falta de inclusión en todos los niveles, los intereses ideológicos y económicos, etc. Frente a la diversidad de problemáticas sociales me pregunto ¿hasta qué punto es realmente posible la solidaridad como un amor desinteresado? Y este tipo amor en nuestras sociedades, ¿es realmente posible? ¿O no es más que una forma de encubrir nuestro egoísmo? ¿O la triste constatación en nuestros días de la experiencia que ya la antigüedad clásica hacía: “Homo, homini, lupus?

Cuando el Papa Francisco visitó Ecuador instó, no solamente a la evangelización del continente latinoamericano, sino que abogó por la unidad de América latina. Pero una unidad que no pasa sólo por lo económico sino por una solidaridad que llame a la inclusión en todos los niveles y a no permanecer indiferentes frente a las desigualdades e injusticias que sufren, entre otros, los jóvenes, las victimas del desempleo y sobre todo los más pobres. En Evangelii Gaudium el Papa lo precisará: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa”.

Nuestros discursos están llenos de mensajes de solidaridad, de unidad y de igualdad, pero la realidad es que germinan por doquier nuevas problemáticas: violencia,  migraciones, desastres ambientales, desigualdades, soledades, etc…, todas ellas clamando por nuevas formas de solidaridad. Nuevas formas que en muchos aspectos violentan el individualismo de nuestras sociedades, a lo que el Papa Francisco ha llamado, la globalización de la indiferencia, y que hoy ha alcanzado una dimensión planetaria. Una indiferencia gobernada por criterios de lucro y de dominación, de atropello a las condiciones de grandes mayorías en beneficio de minorías privilegiadas. Hoy más que nunca, es indispensable que brille una solidaridad desinteresada, allí donde la mundanidad espiritual, férreamente conducida, nos sigue llevando a estar en guerra entre nosotros, a la búsqueda de un estéril poder, de prestigio, de placer y de seguridad económica. Esta solidaridad, como un amor desinteresado, es un desafío que debe involucrar a todos sin excepción, a los creyentes de las diferentes religiones y a los no creyentes. Como diría Juan XXIII, a todos los hombre de buena voluntad.

Podríamos presuponer que tantas problemáticas son el fruto del difícil y complejo periodo de transición por el que atraviesan nuestras sociedades, y por lo tanto no hay respuestas esperanzadoras por el momento. Pero la historia humana nos ha permitido contemplar signos de vida en nuestras complejas existencias, muchos de ellos muy humildes, pero que a menudo, al ser canalizados por una creatividad inaudita, testimonian que el ser humano no está hecho para la desesperanza. Por tanto, estamos todos llamados a liberar energías insospechadas, a aunar voluntades y a atrevernos por la esperanza, despertando de esta apatía y crisis actual. Son muchos los que esperan, pero también pueden ser muchos los que trabajen y vivan ya una mundialización de la solidaridad, como lo señalo en su momento Juan Pablo II. Para el cristiano, esto conlleva responder al llamamiento acuciante del Evangelio de Cristo, y ser conducido hacia un verdadero camino espiritual, es decir, la conversión de las mentes y de las personas. En términos concretos, a la construcción de la justicia y la fraternidad, a no continuar con la opresión de los pobres o de las culturas minoritarias, al cese de la explotación del otro, al respeto por la dignidad y la vida de cada uno, hasta del más indefenso, a la salvaguarda del medioambiente, etc. Que esta solidaridad no sea en un solo sentido, sino que algo recíproco. Que ella no sea ofrecida al prójimo como la limosna del rico al pobre, humillante para el último y quizás fuente de orgullo para el primero, sino que ella se fraternal y desinteresada: “Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien”, dirá el Papa Francisco. Un bien que se puede alcanzar dando hasta que duela, pero muchas veces sólo requieren humildes voluntades y actos de generosidad.

Edison Brito Rebeco

Académico Instituto de Teología – UCSC