Reflexiones en torno a la evangelización y el fútbol

Publicado por el

Blog Académico

El Papa Francisco ha recordado con insistencia a todos los bautizados de la urgencia de trabajar en la viña del Señor: “Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable” (Evangelii Gaudium, n° 14).

Y me pregunto ¿es qué los cristianos hemos visualizado lo urgente y el porqué de la misión a la que estamos llamados, o permanecemos indiferentes pensando que a otros corresponde llevarla a cabo? Todo indica que nos encontraríamos en esta última situación, no comprendiendo ni siquiera el porqué de esta urgencia a la que el Santo Padre nos llama.

¿Cuál es la urgencia que se nos presenta? Y respondo evocando la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, al ofrecer una visión motivadora e interpelante acerca del espíritu misionero, la de testimoniar el don de la salvación en Jesucristo, tanto en palabras como en actos. Nos encontramos así con un retorno fundamental a la predicación apostólica, colocando el kerigma y la experiencia del encuentro con Jesucristo en el corazón de la vida pastoral. Toda evangelización tiene como punto de partida, y principal objetivo, el tener un reencuentro cotidiano, tanto personal como comunitario con Cristo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (Benedicto XVI, Deus caritas est, n° 1).

Ya el Papa Benedicto XVI, en la misa inaugural de su pontificado, insistió en este mismo mensaje: “La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”. (Homilía en la Misa inaugural del pontificado del obispo de Roma, 24 de abril de 2005).

En Evangelii Gaudium el Papa Francisco ha señalado que esta urgencia se aplica en primer lugar a cada cristiano, porque durante nuestra vida somos interpelados y llamados a responder a la gracia que se nos es dada: “Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones”. (Evangelii Gaudium, n° 120).

Como resultado de la toma de conciencia de la identidad de hijos, los cristianos seguimos a Cristo, quien es nuestro modelo. En él, estamos llamados a responder día a día a su llamada, a convertirnos y ser testigos de su santidad. Por tanto, esta evangelización conlleva también el participar decididamente en el camino de santidad, siguiendo a Jesucristo nuestro modelo como dirá San Pablo: “…efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado” (Gal 2: 19-20).

En una cultura que niega y es hostil a Dios, este camino de santidad y anuncio no es una tarea sencilla y por lo tanto exige una preparación. En este punto quisiera tomarme la libertad y abrazar la contingencia deportiva del momento. Lo más probable es que muchos de nosotros nos unamos a la fiebre futbolera de la Copa América. Nos uniremos a ella de muchas formas, algunos asistirán a los estadios, otros se entusiasmarán con los partidos de nuestra selección, o como mínimo preguntaremos cómo le fue a Chile en el último partido. A partir de este evento deportivo, deseo orientar mi reflexión a todo lo que precede a la competición misma. Lo más probable es que tendremos varias semanas de reportajes sobre la preparación de las selecciones, sus lugares de concentración, las estrategias deportivas (ultra secretas), el estudio de las debilidades de cada equipo, las probabilidades de pasar a una segunda ronda, etc… Lo que más llama la atención en toda esta “gran-misa” futbolera, es la nobleza de los ideales deportivos que movilizarán tantos hinchas del continente que desplegarán lo mejor de sí para alentar a sus equipos. Me llena de admiración el arduo camino de concentración y preparación de cada uno de los futbolistas. El trabajo de visualización relativo al entrenamiento, competición y rehabilitación que ellos realizan. Su confianza en sus capacidades de competir de igual a igual con los mejores futbolistas del continente. El compromiso de los dirigentes deportivos y del cuerpo técnico que los acompañan y participan con ellos en un proyecto de don total de sí mismos. Francamente, este evento deportivo me permite imaginar en la Iglesia un proyecto de evangelización que tenga el mismo dinamismo, el mismo ímpetu de espíritu y el mismo deseo de éxito.

Observando a los futbolistas prestemos atención al trabajo de visualización que antecede y acompaña la preparación física, psicológica y mental de cada uno de ellos. En ella encontramos una convicción profunda de estar lo suficientemente preparados para participar y vencer en una competición deportiva de tal envergadura. En la Jornada Mundial para la Juventud tenida en Brasil, el Papa decía: ¿Qué hace un jugador cuando se le llama para formar parte de un equipo? Tiene que entrenarse mucho. En los deportes, este entrenarse mucho conlleva un descender en sí mismo, en imaginar aquello que deseamos. Observemos los rostros del arquero, de cualquier selección, de preferencia la nuestra, prestemos atención a los defensas, a los mediocampistas, a los atacantes, a los volantes. Es que podríamos vislumbrar en sus ojos una profunda concentración, la expresión de un descenso en las profundidades de su ser para recurrir a la energía necesaria para enfrentar el partido. Una fuerza que sin duda surge después de una exigente preparación que ha durado mucho tiempo.

Esta preparación y descenso, también se encuentra en todo proceso de evangelización. En todo aquel que entra en lo más profundo de sí mismo, en el lugar donde reside su sed de amor, de esperanza, allí donde se prepara su capacidad para acoger la gracia del Espíritu, el lugar donde él se sabe profundamente amado, allí donde se sacia con fuerza su convicción para creer, allí donde comprende que “el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n°. 1). En este encuentro, todo bautizado en el Espíritu, confirma con certeza que él es hijo o hija de Dios, lo que le hace exclamar: “¡Abba! ¡Padre!” (Rom 8, 15). La evangelización no puede apelar al éxito si no reposa en la firme convicción de que todos los que participamos de ella, estamos en posesión de una clara visión de nuestra vocación. Una vocación que es un don de sí mismo y que mira hacia lo alto, hacia adelante, “hacia una corona incorruptible”, y que se regocija en anunciar lo que ha recibido.

 

Edison Brito

Académico Instituto de Teología UCSC