El arte de leer la Biblia

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Blog Académico

Dr. Arturo Bravo. Académico Instituto de Teología.

Paradojas de la vida. El gran periodista Abraham Santibáñez, por quien tengo un gran respeto, criticó en una columna (“El arte de entrevistar”) de este mismo medio (28 de Julio), y con justa razón, la entrevista realizada por Carlos Peña a Nicolás Eyzaguirre, por no haber tenido el entrevistador la capacidad de enfrentar imprevistos y haberse ceñido a un esquema invariable de preguntas, lo que revela la completa ausencia en el entrevistador del “arte de entrevistar”. En otras palabras, esa columna pudo haberse titulado con el conocido refrán “pastelero a tus pasteles”. Sin embargo, cayó en la misma falta por él criticada, al escribir en otra columna (“Los rostros de Dios”, 4 de Agosto) sobre, en realidad, dos dioses: el del Antiguo Testamento y el del Nuevo Testamento, calificando al primero como un dios violento, que “exige venganza”, y al segundo como un dios misericordioso, incurriendo con ello en un antiquísimo y grave error, vastamente difundido entre quienes tienen un conocimiento superficial del tema, incluidos gran cantidad de cristianos.

Marción fue un cristiano que en el año 140 d.C. se unió a la comunidad cristiana de Roma, de la cual fue expulsado el año 144, fundando entonces una iglesia propia. Él hacía la diferencia entre el Dios del Antiguo Testamento, a quien calificaba de celoso, sanguinario, vengativo y nacionalista, y el Dios Padre bondadoso testimoniado por Jesús y algunos escritos del Nuevo Testamento. Estableció así la diferencia entre ley y evangelio. Basado en esto, elaboró para su iglesia un canon (o lista de libros sagrados) propio en el que, evidentemente, rechazó todos los libros del Antiguo Testamento, y del Nuevo Testamento sacó todo lo que tenía alguna referencia al Antiguo Testamento. De esa cirugía mayor quedó sólo el evangelio de Lucas, al que también le podó toda referencia al Antiguo Testamento, y las cartas de Pablo, dejando fuera las pastorales (Timoteo y Tito) y la Carta a los Hebreos. Por tanto, su Sagrada Escritura era minúscula. Su doctrina bíblica fue considerada como herejía por la comunidad cristiana ya en aquellos tiempos. Pero, como vemos, la herejía marcionita sigue “vivita y coleando”.

El error radica en que se ha tomado la parte por el todo, generalizando determinadas visiones que producen impacto. Pero resulta que en el Antiguo Testamento, encontramos gran cantidad de textos sobre la misericordia de Dios. Veamos un par de ejemplos. En el libro del Éxodo 34,6-7, Dios se autopresenta a Moisés diciendo: “Yahvé, Yahvéh, Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación”, texto que ha sido habitualmente interpretado de forma equivocada. Primero, se pasa por alto el hecho de la bondad de Dios se expresa por medio de cinco adjetivos. En segundo lugar, y debido a nuestra sensibilidad actual, nos preguntamos cómo es posible que el pecado de los padres se castigue en los hijos, nietos, bisnietos y hasta tataranietos, considerando esto una gran injusticia. En realidad, el peso del texto está en la comparación que se hace de la capacidad de perdón de Dios (mil generaciones) y su capacidad de castigo (cuatro generaciones), si lo llevamos a porcentajes, resulta que si Dios perdona a mil generaciones y castiga a cuatro, su capacidad de castigo es del 0,4%… ¡no llega ni siquiera al 1%!

En el profeta Oseas, Dios ante la rebeldía de Israel dice: “Cuando Israel era niño, lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí… Yo enseé a caminar a Efraín, tomándole por los brazos, pero ellos no sabían que yo los cuidaba. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor; yo era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer… Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no destruiré a Efraín, porque soy Dios, no hombre; el Santo en medio de ti, y no vendré con ira” (11,1-4.8-9). Difícilmente se puede expresar de mejor manera la ternura de Dios.

Finalmente, Jesús en Mateo 9,13 y 12,7 aparece citando las palabras de Oseas 6,6: “Misericordia quiero y no sacrificios”.

Me parece que esta evidencia basta para destruir sin misericordia la errónea contraposición entre un Dios violento y sanguinario del Antiguo Testamento y uno bondadoso y misericordioso del Nuevo Testamento.

Leer la Biblia también es un arte y, como todo arte, requiere una técnica depurada.

Dr. Arturo Bravo

Académico Instituto de Teología