Sacerdocio y celibato

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Blog Académico

Unidad de Estudios Bíblicos Instituto de Teología Universidad Católica de la Santísima Concepción

Gran revuelo han provocado en los últimos días las palabras del Papa Francisco sobre que el celibato no es un dogma de fe sino una práctica disciplinaria de la Iglesia de rito latino, por lo que podría ser cambiada. Tales declaraciones han producido, además, interpretaciones erróneas en el sentido de que a los sacerdotes se les podría permitir casarse o que hay otros ritos católicos, como los orientales, en que hay sacerdotes casados. Para definir el término, célibe significa no casado.

En estricto sentido, no hay sacerdotes en ejercicio que se hayan casado.Digo, “en ejercicio”, porque muchos conocemos sacerdotes que sí se han casado, pero para ello han abandonado el ministerio sacerdotal. Lo que hay, tanto en los otros ritos de la Iglesia Católica como en las Iglesias Ortodoxas no católicas, son hombres casados que posteriormente han sido ordenados como sacerdotes. En tales ritos e Iglesias, hay hombres célibes, normalmente monjes, y hombres ya casados que han recibido el sacerdocio y en ellos no hay ningún hombre casado que sea Obispo.

El episcopado está reservado a los sacerdotes célibes que provienen del monacato. Cada uno debe quedarse en el estado en que estaba cuando recibió la ordenación sacerdotal. Si la recibió célibe, ha de seguir célibe; si casado, ha de seguir casado. Pero, si alguno de ellos enviuda, no puede contraer segundas nupcias.

Quisiera también aclararles especialmente a todos quienes tienen la costumbre de achacar todo lo que pareciera restringir la libertad o la naturaleza a la Iglesia Católica, que el celibato es un valor altamente apreciado por grandes religiones milenarias, como se puede ver en los hombre santos hindúes y en el monacato tanto hindú como budista. También se vivió el celibato en una corriente importante de la rama judía de los esenios.

Efectivamente, el estilo de vida célibe en el catolicismo no es un dogma sino una disciplina establecida por la Iglesia que se inspira en el ejemplo de Jesucristo, quién no se casó, y en sus propias palabras: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que fueron hechos tales por los hombres, y hay eunucos por el Reino de los Cielos” (Mateo 9,12).

El celibato es un estado que le permite tanto al sacerdote como a cualquiera que es célibe, volcarse con todo su ser, con todas sus energías, con un corazón indiviso a servir el Reino de Dios, servicio que se manifiesta en la lucha por la justicia, en hacer llegar la preocupación solícita y amorosa de Dios Padre a quienes más la necesitan, a los más carenciados, a los solos, a los pobres, a los niños indefensos en gestación en los vientres de sus madres, a los pobres, a los ancianos abandonados y a un largo etcétera. Por eso, pienso, junto a muchos otros, que el celibato es un don de Dios a la Iglesia, que ha de conservarse. Esto no significa cerrar la puerta a la posibilidad de ordenar como sacerdotes a hombres casados. Ambas alternativas no son excluyentes, pueden coexistir perfectamente.