Cuaresma: tiempo de desierto

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Blog Académico

Cuarenta años anduvo Israel por el desierto, cuarenta días estuvo Jesús en el desierto, cuarenta días debemos como Iglesia vivir en el desierto. De lo que se trata, entonces, es de una experiencia de desierto, bastante conocida en la tradición monástica y en la tradición mística. Pero no es una experiencia exclusiva de monjes y místicos, sino que está al alcance de todos nosotros.

Quisiera destacar algunas características de esta experiencia que nos ayuden a cosechar muchos frutos del desierto (¡vaya paradoja!) al que estamos llamados en este tiempo cuaresmal. Ir al desierto significa despojo o, dicho de otra forma, concentrarse sólo en lo esencial. No se trata aquí del desierto que recorre el Dakar. Entonces ¿qué elementos secundarios en nuestras vidas los consideramos equivocadamente como esenciales?

El desierto es un lugar de paso: no se construye una casa en medio de él. Sería una estupidez confundir el desierto con la Tierra Prometida. Somos peregrinos, y debemos llevar como posesión sólo aquellos bienes que no pueden ser ni robados por ladrones ni carcomidos por polillas. ¿Y en qué hemos puesto nuestro corazón? Pista: uno tiene puesto su corazón en eso que gasta tiempo y dinero.

El desierto nos muestra con crudeza nuestra fragilidad, indigencia, inconsistencia radical, transitoriedad, lo que nos debe llevar a reconocer nuestra dependencia en una doble dirección: en relación a los demás y en relación a Dios. ¿Y dejamos que Dios sea Dios o lo acomodamos a nuestros intereses y expectativas?

Por último, considerar la ambigüedad del desierto, que puede ser ocasión de salvación o de perdición, porque en él podemos encontrar a Dios, pero también a los demonios. En nuestra entrega a Jesús radica nuestro propio triunfo, pero hay una condición insoslayable: abandonar lo secundario y dirigirnos al desierto, a la fabulosa aventura de la fe.

Dr. Arturo Bravo Retamal
Académico Instituto de Teología
Universidad Católica de la Santísima Concepción