NAVIDAD: UN ACONTECIMIENTO HISTÓRICO

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Blog Académico

El cristianismo es un acontecimiento histórico: Dios se ha hecho carne, es Cristo. La Navidad es esto, no las fábulas teológicas que se cuentan acerca de un “Jesús que nace dentro de nosotros”, de la “palabra-de Dios-sin carne”.

Dos testimonios de la historicidad del cristianismo.

El primero es sacado del último libro de Benedicto XVI sobre Cristo titulado “La infancia de Jesús”. El Papa subraya en este breve texto que citamos, la diferencia entre el mito (verdades que son desde siempre y que, sin embargo, no acontecen jamás en la historia) y un acontecimiento histórico. Escribe: “Jesús nació en una época determinada con precisión. Al inicio de la actividad pública de Jesús, Lucas ofrece un vez más una datación detallada de ese momento histórico: es el año 15 del imperio de Tiberio César. Además se menciona el nombre del Gobernador romano de aquel año y los tetrarcas de Galilea, Iiture y Traconitide (…). Jesús no nació y apareció en el impreciso ‘una vez del mito’. El pertenece a un tiempo exactamente  datable y a un ambiente geográfico exactamente indicado”.

El segundo testimonio llega, de modo imprevisto, de Jean Paul Sartre, el comunista-ateo-come- curas. En 1940, durante la Segunda Guerra mundial,  Sartre fue hecho prisionero por los alemanes y trasladado a un campo de concentración en Tréveris. Pasó  la Navidad encerrado junto con algunos cristianos que le pidieron que escribiera una especie de representación sacra. Sartre escribió una pequeña obra de teatro titulada Barioná, el hijo del trueno (publicada hace pocos años por la editorial “Voz de Papel”). A un cierto punto, Sartre se imagina a María mirando al niño Jesús recién nacido en el pesebre y escribe estas conmovedoras palabras cristianamente perfectas: “Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Ella lo ha llevado nueve meses y le dará su seno, y su leche se convertirá en la sangre de Dios. (…) Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Él está hecho de mí, tiene mis ojos, y esta forma de su boca es la forma de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí… Y ninguna mujer, jamás, ha disfrutado así de su Dios, para ella sola. Un Dios pequeñísimo que se puede tomar entre los brazos y cubrir de besos, un Dios todo cálido que sonríe y que respira, un Dios que se puede tocar y vive”.

P. Agostino Molteni
Profesor Instituto de Teología UCSC