La hora ha llegado: biopolítica y aborto

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Blog Académico

Una reciente publicación en el Journal of Medical Ethics (JME) ponía en alerta a la comunidad científica internacional al plantear la tesis que el infanticidio y el aborto se justificarían éticamente por la misma razón, incluido el caso de recién nacidos sin enfermedad, debido a que tanto los no nacidos como los recién nacidos no compartirían el mismo estatus moral de alguien como usted o como yo que puede leer esta columna. Otro artículo publicado en el British Journal of Psychiatry (BJP) en octubre de 2011 titulado Aborto y Salud Mental: síntesis y análisis cuantitativos de las investigaciones publicadas durante 1995-2009 concluía lo siguiente: “Las mujeres que se habían sometido a un aborto experimentaron 81% mayor riesgo de presentar problemas de salud mental, estimándose que cerca del 10% de la incidencia de estos problemas de salud mental pueden ser atribuibles al aborto. Las estimaciones de riesgo más fuertes ocurrieron cuando se comparó aborto con embarazo llevado a término y cuando los desenlaces se relacionaron con abuso de sustancias y comportamiento suicida”.

Los datos epidemiológicos muestran que nuestro país tiene excelentes indicadores de salud materna como infantil. Chile tiene el estándar más alto de salud materna en América Latina y se ubica luego de Canadá, superando a USA, con la segunda tasa de mortalidad materna más baja en el contexto de los países americanos, equivalente a 18.8 muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos. Además la esperanza de vida se sitúa cercana a los 80 años de vida, generando producto de la marcada caída de la fecundidad, el desafío de la sustentabilidad demográfica producto del marcado envejecimiento de la población.

El debate actual sobre el llamado “aborto terapéutico” en el parlamento no obedece en términos generales a una situación de necesidad, como los datos epidemiológicos nos lo señalan, sino más bien al interés ideológico de llevar adelante una agenda moral, fundada en el materialismo-práctico, que no reconoce a todo ser humano -como en artículo del JME- independiente de su condición de salud o de edad, como un fin en sí mismo. La tragedia del aborto y sus consecuencias no pueden dejar indiferente a nadie en nuestra sociedad –la evidencia de que un aborto no es inocuo para la mujer también ha quedado señalada en el artículo del BJP- por ello, las propuestas en ámbito legislativo que buscan dar reconocimiento al aborto incorporarían por vía jurídica a nuestro ethos social elementos ajenos al sentido común sin reconocer el valor de la vida humana de la madre y del hijo, generando un manto de duda aún mayor en la creciente desconfianza entre médicos y pacientes, tensionando gravemente también el rol garante del estado de la vida de todo ser humano.

Nunca será oportuno darnos normas jurídicas o éticas que atenten contra la vida de seres humanos inocentes, menos aún apelando a valores como la libertad, la democracia o la igualdad. La misma vida democrática requiere de principios no negociables que sean sustento de la misma, los cuales libremente adoptados, reconozcan el carácter universal, inalienable, inviolable e intransferible de la dignidad de todo ser humano desde la concepción hasta la muerte natural. Las leyes, las normas éticas y las políticas sanitarias deben por tanto siempre, so pena de sucumbir al relativismo, reconocer el valor de la vida de todo ser humano, independiente de su edad, sexo, raza o religión, como el fundamento de la vida en común y el sustento de una biopolítica al servicio de la vida humana.

Dr. Cristián Vargas Manríquez
Director Instituto Superior de Bioética
Universidad Católica de la Santísima Concepción